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Dec 26, 2017 235

El Erómenos

Una de las experiencias que más marca dejó en mi juventud y que recuerdo siempre con especial agrado fue la oportunidad que en una ocasión se me presentó de conocer nada más y nada menos que a Protágoras, el sabio por excelencia de la Hélade, en una de sus visitas a Atenas.

Ocurrió en los áureos tiempos de Pericles, el mismo año que Fidias llevó a su arte a la cumbre con la estatua de Atenea Virgen, se consagró el Partenón durante las grandes fiestas de la diosa y fallecía en Argos el inspirado poeta de los certámenes, mi admirado Píndaro.

Era ya por entonces todavía joven, lejos de mí cualquier esbozo de barba, y pasaba gran parte de mi tiempo en las palestras y acudiendo a oír a los sofistas que visitaban, residían o establecían sus escuelas en la ciudad. Mi padre siempre me había inculcado la importancia de la buena educación y mi tío, con el que vivía tras la muerte de mi progenitor, no se ahorraba nada, ni dinero ni esfuerzos, por la mía:

-Sabrás algún día que la educación es lo más importante y en lo que menos conviene ser tacaño sino gastar de forma espléndida-me decía-Sobre todo, si quieres como es deber de tienes por sangre, buscar renombre y tener fama y gloria en la ciudad, estudia la oratoria, la retórica y el arte de la persuasión. Con estas armas se impone el mejor en la asamblea, convence en el consejo, triunfa en los tribunales, hace valientes con un arenga a los hombres en la batalla y, en definitiva, guía a la ciudad y sus compatriotas le siguen.

El día que ocurrió precisamente estaba volviendo a mi casa junto al pedagogo tras haber pasado la mañana con unos amigos de mi edad en una exhibición de Filón de Mileto, maestro de canto y de cítara. Y cuando llegué me encontré a mi tío, Arístilo, arreglado y en apariencia listo para salir.

-¡Ah! Por fin estás aquí-me dijo al verme-Ya temía que no llegarías a tiempo.

-¿A tiempo de qué?-le pregunté.

-Esta mañana en el ágora me encontré a Demócrates, que va a celebrar un banquete para festejar su éxito como corego en las últimas grandes panateneas, cuando costeó el estreno de la última tragedia de Sófocles.

-¿Así que vas a casa de Demócrates?

-Corrección: Vamos a casa de Demócrates. Hay especiales razones para visitarle en esta ocasión.

-¿Cuál?

-Protágoras se aloja esta noche allí, ha llegado recientemente en una nueva visita a Atenas y Demócrates ha conseguido tenerle de huésped, dicen que por haberle pagado por su estancia con generosidad. En cualquier caso, es una oportunidad que no se puede desaprovechar.

-¿Protágoras, el de Abdera? ¿De verdad?

Realmente me sorprendió tal noticia. Protágoras no había vuelto a Atenas desde hacía seis años, cuando Pericles le encargó la redacción de las leyes para la colonia de Turios, fundada sobre los restos que una vez fueron la ciudad de Síbaris. Yo, claro, nunca le había visto, pero en la orquestra, en el ágora, vendían libros suyos al precio de un dracma y yo mismo había comprado varios. La oportunidad de conocerle era única.

-Claro que es Protágoras de Abdera. No hace falta que te diga que es una gran oportunidad de hablar con uno de los más reputados sofistas de la Hélade. Su fama se ha extendido y no sin razón por todas las ciudades desde Rodas hasta Marsella y desde el Mar Negro hasta Naucratis.

Tenía razón y, como es evidente, rápidamente me preparé para acompañarle y al poco los dos salíamos de la casa en dirección a la de Demócrates. Yo estaba nervioso, iba a encararme a uno de los más reputadas y brillantes mentes de ese tiempo y me dije a mí mismo que no podía quedar mal, que era hora de que mi educación empezará a mostrar algún fruto.

Estaba tan concentrado en mis pensamientos que casi no me di cuenta cuando llegamos y casi choque con uno de los esclavos, que estaba en la puerta. Éste, al vernos acercarnos a la casa de su amo venía a nuestro encuentro y nos condujo al interior, una vez descalzados, hasta la estancia en que nuestro anfitrión y sus demás invitados, ya estaban reclinados en los lechos, conversando, mientras los sirvientes iban disponiendo las pequeñas mesas y traían los primeros alimentos.

-¡Ah, Arístilo!-le saludó Demócrates-Me alegra que hayas venido y que hayas traído a tu joven sobrino. Amigo Protágoras-se dirigió al hombre sentado sólo en el lecho junto a él, un hombre maduro que parecía superar en poco los cuarenta y bien conservado, pelo castaño y rizado, con una suave barba, elegantemente vestido y con unos ojos de un azul casi brillante-Este es Arístilo, el amigo que te he mencionado, muy interesado en la oratoria y su sobrino, Aristócrates, que podrás descubrir si quieres que es tan bello de espíritu como puedes intuir que es de cuerpo. Pero no os quedéis de pie, compañeros, poneos cómodos donde gustéis, que os dejo elegir.

Mi tío, y yo tras él, fue a sentarse junto a Mnesicles, afamado arquitecto, discípulo de Íctinos y cercano a Pericles, buen amigo de Demócrates. Mi tío se sentó junto a él y yo iba a ponerme cerca cuando de repente uno de los esclavos que estaban preparando las mesas me dio un toque en la espalda y me señaló al otro lado. Desde su asiento, Arístilo me hacía gestos para que me acercara, lo cual hice, claro. Él me señaló a Protágoras, que me observaba detenidamente.

-Me han dicho, joven Aristócrates-empezó a hablarme éste y pude por primera vez escuchar su suave y cálida voz, embriagadora como el vino-Que a tu edad eres ya muy aplicado en las artes de la filosofía, un amante de la poesía y un buscador de la virtud.

-Mi padre y mi tío se han preocupado siempre de mi educación-respondí, pensando que negarlo sería falsa modestia y afirmarlo sin más, soberbio. Lo mejor era aceptar el hecho pero sin darme merito.

-Muy acertadamente han actuado que nada hay tan importante como una buena educación, es lo que distingue a los helenos de los bárbaros y, dentro de los primeros, a los que mejores de los peores-dijo-Siempre he considerado que una buena instrucción de la juventud es vital para la supervivencia y grandeza de cualquier régimen que se precie, pero más del democrático y, por eso, establecí una educación que debía ser ofrecida por la ciudad a todos los ciudadanos y que estos debían ir de manera obligatoria, pues siendo así instruidos, serán de mejor utilidad a su patria. Creo que mi querido amigo, nuestro Olímpico cívico, planea algo similar para su embellecida Atenas. ¿A ti que te parece, joven amigo? Ven, reclínate a mi lado.

Yo, encantado de su petición, no tarde en complacerle, mientras un esclavo me asistía para que me acomodara. No sabía si había despertado en el algún interés por mí, pero desde luego en mí si por él. Tenía la bastante edad y bastante encanto para haber visto algunas señales de cortejo entre algunos amigos de mi padre, aunque todavía nada serio. En cualquier caso, pensé, debía dar alguna buena respuesta:

-Creo que habláis, Protágoras, con mucha razón, que son los hombres los que sustentan las ciudades más que ninguna otra cosa, como ya nos enseña Homero, pues nos cuenta como Héctor y no las prodigiosas murallas levantadas por los dioses, era el verdadero bastión que salvaba la ciudad de Príamo de las armas de los aqueos y que, una vez caído, aquellas de nada sirvieron. Pero en Atenas quizá no sea un buen año para el saber, que hace poco partió para el exilio el sabio Anaxágoras, por una infame acusación de impiedad. Cosa muy triste según creo.

-No sin razón he oído de ti, joven Aristócrates, los halagos, que has contestado sin vacilar y no con vanas palabras-me replicó, y yo me alegré en mi interior de su aprobación-Muy lamentable es la noticia de tal acusación que mencionas y que hoy oí de camino a la ciudad. Lo acusan los que en su ignorancia nunca le han leído y los que no anhelan llegar a saber ni lo que al hombre le es dado poder conocer. Eso y su amistad con aquel que la ciudad rige ha sido la causa, el verdadero crimen por el que lo han expulsado. Y aún más, he oído que más causas se anuncian contra los que han colaborado con nuestro Olímpico, contra el arquitecto Íctinos y contra Fidias, de divino talento en su arte.

-¡Eh!-saltó desde el otro lado de la sala Mnesicles-¿Qué estáis susurrando entre vosotros? Si tenéis una agradable conversación, compartidla, merecemos escucharla.

-Hablábamos de lo lamentable del destierro de Anaxágoras-respondió Demócrates-Y de las amenazas que hay contra Íctinos y Fidias. Dicen que los opositores a Pericles, aunque haya sido condenado al ostracismo su líder, Tucídides, van a acusarles en virtud de invenciones de lo más descabelladas.

-No creo que prosperen-respondió Mnesicles-A Íctinos se le ha encargado la ampliación del telesterión en el santuario de Deméter y Fidias sigue trabajando en las esculturas que habrá en los tímpanos del Partenón. Os puedo adelantar que el de la fachada este ilustrará el nacimiento de nuestra gran y varonil diosa de la cabeza de Zeus y el del oeste, la lucha por Atenas contra Poseidón.

-¿Y de ti que nos cuentas?-le preguntó uno de los que estaban sentados a su lado, al que reconocí como el poeta dramático que había ganado el segundo premio en las Dionisias de aquel año y que se llamaba Eurípides.

-¿De mí? Yo también tengo un encargo, mi primer trabajo importante-dijo, con claro orgullo en la voz-Pericles quiere que diseñe una entrada monumental para la Acrópolis, que dé dignidad a la entrada del mayor santuario del Ática... He elaborado ya un proyecto magnífico, pienso integrar dórico y jónico como nunca lo ha conseguido nadie... El mismo Pericles se ha mostrado satisfecho con mi idea y la ha aprobado, aunque parece que va a haber algunos problemas con Calícrates.

-¿Por qué?-le preguntó mi tío.

-Porque mi proyecto puede darle problemas al suyo, y es que se quiere levantar un pequeño templo a Atenea en el bastión de la Acrópolis.

La conversación continuó y yo estaba atento a todas sus palabras mientras comentaban las últimas decisiones de la asamblea y la situación política de la ciudad, al tiempo que empezábamos ya a comer cuando los esclavos terminaron de traer las viandas y comenzaron a preparar y a mezclar el vino. Se comentaba la polémica por las obras de Atenas impulsadas por Pericles y el coste de las misas, que se había sufragado con el tesoro que el dinero que nuestros nos aliados nos pagaban a los atenienses por dirigir el conflicto con los persas, y por el mismo hecho de la reconstrucción de los santuarios del Ática después de haberse jurado que no se reconstruirían en tiempos de Temístocles para así dejar testimonio inmortal de la barbarie persa. También la cuestión del suelo que Pericles había fijado para los que participaran en las asambleas, que ere muy criticado por los conservadores. Esas y otras cuestiones trataban los invitados mientras tomaban tranquilamente las diversas viandas que venían de las cocinas. Y el que más destacaba era Protágoras, al que todos preguntaban y cuya opinión era atentamente escuchada con sincero interés. Y así con todo, llegó la hora la de la bebida: los esclavos lavaron y retiraron las mesas con esponjas, se repartieron las coronas a los invitados, se hicieron las libaciones de rigor a Zeus Olímpico, a los Héroes y a Zeus Salvador y por último se entonó un peón al dios Apolo. Y Demócrates que, como anfitrión, fue elegido presidente de la bebida, decidió una mezcla suave, para poder beber y mantener una conversación:

-Que teniendo aquí conmigo a un pensador tan ilustre como Protágoras, al buen poeta Eurípides, al maestro de obras Mnesicles, al ilustre ciudadano Arístilo, al médico Erixímaco, al pintor Soelius y a un joven ilustre por sus dones, Aristócrates-dijo-¿Qué mejor entretenimiento se puede practicar? Ya habrá días en que mis invitados sean menos dignos de estima y basten la compañía de bufones y de las flautistas para entretenerles pero nosotros podemos hacer cosas mejores.

-Sobre todo teniendo a un pensador como Eurípides-saltó Mnesicles-Al que ya conocen como el “filósofo” de los escenarios y es que su “Alcestis” de este año no ha pasado desapercibida. ¿Cómo decía en tu obra Feres, el padre de Admeto?... “No mueras tú por mí, que yo tampoco moriré por ti. Tú disfrutas del sol cuando amanece, ¿crees que tu padre por viejo lo goza menos? Breve es la vida, mas agradable.” Desde luego son unos versos que no me imagino en Esquilo ni en Sófocles, cuya última obra ha sufragado nuestro amigo en las últimas panateneas.

-Sófocles es demasiado conservador y teme innovar, yo no-le replicó el dramaturgo-Y por cierto, siguen diciendo de mí que odio a las mujeres a pesar de mi personaje de Alcestis. Pero dejando eso de lado, lo cierto es que uno de los problemas que veo que tiene la ciudad es que hay quien se aferra demasiado a lo tradicional-añadió antes de dar un trago a su copa.

-Sí-dijo mi tío-Aquellos que han empezado a plantearse dudas sobre asuntos tan sensibles a las masas como los dioses, su naturaleza y su forma de intervenir en el mundo, como los que buscan el conocimiento del mundo, se han visto mal considerados y su conducta se ve sospechosa. Se les acusa de no creer en los dioses o de decir que no existen. Ya se ha mencionado el caso de Anaxágoras, que ha tenido que abandonar la ciudad sólo por negar que el sol sea un dios, como si eso fuera ya negar a los dioses cuando él defiende la existencia de una divinidad ordenadora y rectora del cosmos, pero es algo demasiado difícil para la inculta masa de los peores.

-Los ignorantes son así, impredecibles-intervino Protágoras-En su ceguera a veces no se irritan cuando quedan humillados por alguien superior porque no son capaces de verlo y en otras ocasiones se inflaman sin motivo alguno. ¿A qué nos recuerda eso? A las fieras y a los bárbaros, que no es comportamiento digno de un verdadero heleno.

-Y mucho menos de un verdadero ateniense-me atreví a entonces a decir, aunque había procurado durante todo el rato no hablar sino escuchar, pero en esto no me pude callar.

-Un apunte interesante el que hace nuestro joven amigo-dijo Soelius, que supongo se sintió picado al ser él de Corinto, el único no ateniense, junto con el mismo Protágoras, que había en la habitación-Quizá quiera ampliarlo.

Yo me sentí un poco cohibido, pero como todos me miraban y no parecía que con reproche sino esperando que hablara, tome impulso y hablé:

-Es de todos sabido y yo también lo afirmo, con permiso de mi estimado Protágoras que aquí está presente, que los atenienses somos los helenos de estirpe más elevada y no tiene nada de raro que esto así sea-hice una pausa-Pues somos autóctonos, nacimos de esta tierra del Ática y siempre hemos residido en ella, mientras que las demás ciudades se constituyeron tras migraciones y vaivenes de población, en que se creaban clases de amos conquistadores y poblaciones esclavas, como en Esparta. Aquí, siendo todos hijos de la Tierra, somos iguales y por eso establecimos la democracia, primero con Solón, luego con Clístenes y ahora con Pericles. Ser autóctonos nos hace superiores por nacimiento, pero también lo somos por la educación, que no hay otra ciudad que tenga mejores sistemas de enseñanza ni que la valore más que la nuestra, ni que atraiga tanta a los sabios y a los mejores en cada técnica y oficio. Y siendo los mejores por nuestra cuna y por nuestra formación, ¿cómo no íbamos a ser superiores en toda la Hélade? Por eso no es extraño que dirigiéramos la guerra contra los bárbaros cuando nos intentaron invadir en tiempos de Darío y de Jerjes y que ahora debamos ser rectores de muchos helenos. Somos los que hemos salvado la libertad de todas las ciudades y los que impiden con el poder de su flota que los persas sueñen de nuevo con intentar esclavizarnos. Por todo eso y por más cosas que omito, si un heleno debe mostrarse digno en comparación con un bárbaro, un ateniense debe ir todavía más allá, debe ser todavía mejor.

-¡Bravo!-saltó Demócrates-Realmente, Aristócrates, tú mismo pareces deslumbrante ejemplo de la superioridad con la que nos honras a los atenienses y lo cierto es que tu cuna y tu educación no son para menos. Creo, compañeros de bebida, que estamos ante un futuro Temístocles, un Arístides o puede que un segundo Pericles.

Yo no supe que decir, algo abrumado por el halago, pero mi tío vino en mi ayuda:

-Pues no sería nada extraño, que ya veis que talentos no le habrían de faltar y por su familia, amistades y recursos tampoco.

-Es realmente, como bien le has descrito antes, Demócrates-intervino Protágoras, cuyo juicio más que el de ningún otro podía valorar-Tan bello de mente como apreció que es de cuerpo. Un jovencito así sería joya preciada y el amado ideal.

-Sí-respondió nuevamente mi tío mientras yo me esforzaba por no ruborizarme demasiado-Ciertos caballeros, y lo sé porque su pedagogo me lo cuenta, se han acercado a él pero, por supuesto, él no cede a las primeras pretensiones, como debe hacerse.

-Desde luego-asintió Eurípides-En cualquier caso, no parece que vaya a tener problemas para lograr tener un buen amante, cosa importante en la educación de todo buen joven principal. Pero creo que a nuestro acompañante no le causa grata sensación ser el objeto de nuestra charla.

Yo estaba realmente algo incómodo, pero mi tío me ayudó desviando la conversación:

-Por cierto, me acabo de acordar-habló entonces-¿Habéis oído algo acerca de las tensiones que hay con Mégara? Se dice que se vuelve a acerca a la alianza con Esparta y que en unos años podemos tenerla nuevamente como enemigo y como base de ataques laconios sobre el Ática.

La conversación siguió así su curso lejos de mí, que la verdad me sentía todavía algo turbado por mi inesperado protagonismo, mientras las copas de vino, aún rebajado con agua, seguían circulando y haciendo su efecto. Dos horas después a mí me empezaba a afectar el sueño mientras Mnesicles, Soelius y Erixímaco ya dormían claramente y mi propio tío cabeceaba. En ese momento Protágoras, alzándose, le dijo al anfitrión:

-Creo, Demócrates, que el vino y el sueño comienzan a afectarme y quiero retirarme a la habitación que decías haberme preparado.

-Claro-le dijo éste haciendo un gesto a uno de los esclavos, que se acercó y le puso las sandalias a Protágoras, ayudándole después a levantarse. Éste me dio un toque y me dijo:

-Aristócrates, traía conmigo varias copias de mi última obra, creo que sería apropiado y está en mi deseo regalarte una, ¿la querrías?

-Claro, Protágoras, y te lo agradezco-dije, sentándome yo también para que el esclavo me atendiera y poniéndome en pie con algo de dificultad.

Yo caminaba lentamente por el sueño que empezaba a afectarme y junto con Protágoras, que se apoyaba en mí, su brazo sobre mis hombros, seguíamos al esclavo que nos guió a través del patio interior a una estancia de la planta baja que Demócrates empleaba a modo de dormitorio de huéspedes. Cuando llegamos, el de Abdera le hizo un gesto de despedida al siervo:

-Puedes irte, esclavo, no te vamos a necesitar ya, dile a Arístilo que voy a tener entretenido a su sobrino un tiempo, quiero mostrarle varías cosas de su regalo.

-Sí, señor-asintió aquel, retirándose mientras el sofista y yo detrás de él entrábamos en la estancia.

Yo entonces me di cuenta de que repentinamente me encontraba a solas con Protágoras, atraído quizá a una trampa como las que dicen tienden los amantes a los que quieren que sean sus amados y pensando si podría ser esa o no la intención del sofista, me alegré pensando en ello, aunque con cautela, que tampoco quería luego llevarme una decepción. Éste se acercó a mí con un rollo de pápiro, que me tendió.

-Muchas gracias-le dije, aceptándolo.

-Es un pequeño trabajo en el que abordo el complejo pero muy interesante tema del amor-me explicó, sentándose en el lecho, haciéndome un gesto para que me pusiera a su lado, lo que por supuesto hice.

-¿Del amor en general o quizá de alguno de sus aspectos en concreto?

-No me he extendido en cuestiones teóricas sino que he ido a los casos y a todos los fenómenos: el amor de los padres por los hijos y de éstos por aquellos, el amor de los hermanos, el amor del esposo por la mujer y de ésta por aquel, el amor de los amigos, el amor por la patria, el amor por la sabiduría, el amor que a veces se tiene por las sustancias materiales y, claro, por supuesto también del amor a los jovencitos-dijo esto poniendo su mano izquierda sobre mi rodilla, que acaricio levemente pero sin disimulo. Yo no sabía si debía reaccionar ni como, pero me gustaba y me encantaba intuir, casi saber, que había despertado su interés, puede que su deseo-¿Te interesa el tema de la obra?

-Mucho, Protágoras-le respondí-Lo leeré con mucha atención... ¿Y en cada caso ves las causas que despiertan a Eros y el modo en que se expresa?

-Claro, y expreso a través de los buenos y malos ejemplos vistos como es correcto expresar el afecto y como es malo hacerlo. Que todo tiene modos distintos de hacerse y lo que es correcto hacerlo con la esposa no lo es con la hermana ni apropiado el trato que se da al amigo si hablamos de hablar al padre. Igual que en las demás cosas de la vida y de la naturaleza, que son buenas para una cosa pero no para otras, o buenas para algunos pero no para otros. Las cosas no son uniformes y cada cual tiene sus medidas.

-¿Y qué es lo correcto en el amor a los “jovencitos”?-le pregunté, poniendo mi mano sobre la suya.

-Lo primero es que no cualquiera puede unirse a cualquiera, eso es impropio. Sólo un jovencito que reúna en sí buenas cualidades atléticas e intelectuales puede ser objeto de ese deseo, estimulado por el amor que produce un espíritu sino brillante que guarda en si la capacidad de ser brillante si se estimula bien la llama de su intelecto. En cuanto al jovencito que quiera ser correcto, debe esperar a un varón sabio y correcto, que pueda transmitirle todos los conocimientos que en su educación necesitara, filosofía, oratoria, ejercicio de las armas y las demás artes, sino él por medio de maestros capaces y que también sea capaz de dirigir al amado con su ejemplo de comportamiento moral y cívico. Es el amor entre un ciudadano, un hombre sabio y virtuoso y un jovencito que puede llegar a serlo.

-¿Y cómo es correcto que el amante exprese su amor por el amado y éste por aquél?-le pregunté.

-Veo dos vías para responderte, mi querido y bello Aristócrates, explicártelo con palabras o mostrártelo con mi ejemplo-dijo, acercando su rostro al mío, quedando tan cerca que podía saborear su aliento con mis labios-¿Cuál consideras que es mejor?

-Con mucho, Protágoras-le respondí acercándome yo también a él-Prefiero que me lo muestres y que me expliques de esa manera hasta el último detalle, que quiero bien enterarme de como debe ser un buen amado.

Él a modo de respuesta ya no dijo nada sino que se acercó a mí y suavemente posó sus labios sobre los míos. En principio su barba me picó mis suaves mejillas y casi me hizo cosquillas pero no tuve tiempo ni espacio en mi mente para pensar en ello, que cuando su lengua se introdujo en mi boca la excitación que encendió en mí no dejó sitio para nada más...

Yo nunca había hecho nada así y aunque no era del todo ignorante de esta materia me sentía cohibido y me limité a dejarle hacer. Su lengua experta recorría mi boca, inaugurándola y jugaba, despistaba y sometía a la mía, nueva en estas lides, mientras percibía el cálido sabor de su saliva en mi paladar. Su mano izquierda estaba ahora en mi espalda mientras su derecha ocupo el lugar ahora vacío sobre mi rodilla.

Y, mientras seguía besándome, deslizo esa última mano bajo mis ropas y no tuvo problemas para alcanzar mis nunca empleados genitales... Mi pene estaba ya erecto, despierto ante lo que ya adivinaba que iba a ser mi estreno en las artes amatorias, aunque en este caso fuese más a ejercer de copa que de jarra vertedora. La idea no me desagradaba en absoluto.

Su mano, ciñendo mi pene, comenzó a acariciarlo suavemente, deslizándose la piel de arriba abajo con tremendo placer. Yo ya conocía de sobra esa sensación, pero al ser provocada por mano ajena la recibía ahora con especial satisfacción. Lo hacia suavemente y su contacto era suave y cálido, cubriéndome todo el erecto miembro... ¡Oh! La sensación me arrancó al poco los primeros y suaves gemidos, cerrando un momento los ojos para poder concentrarme en ese fascinante y delicioso placer...

Me estremecí de placer y quedé apoyado contra él mientras me acariciaba el cabello con la izquierda y continuaba masturbándome con la derecha, poco a poco su mano se movía con más rapidez y sus dedos se cerraban más, apretando casi, sobre mi espolón. En un momento dado quise buscar el suyo entre los pliegues de su túnica y su ropa, pero me detuvo diciendo:

-No-dijo, pero sin rudeza-Disfruta tú ahora este momento y céntrate en las delicias que te dan mis masajes, luego ya me devolverás el favor dejándote amar como corresponde a un amado dejarse querer por el amente, abriendo tus secretos para mí.

-Sí-asentí, relamiéndome los labios y conteniendo los gemidos que mi cuerpo empezaba a reclamar dejar salir...

Pero, tras un breve rato de ahogados jadeos estando apoyado contra su calido pecho, lo que reclamó salir y no pudo ser detenido fue el varonil jugo del placer que salió expulsado con fuerza de mi pene, el varonil jugo, que nos manchó a los dos y llenó su mano... Nunca había disfrutado tanto con algo así, en ninguna de las ocasiones en que me había acariciado había acabado de esa forma...

-¿Qué te ha parecido?

-¡Oh Protágoras! Ha sido algo increíble.

-Es sólo el principio, ¿quieres que continuemos?

-Desde luego.

Nada más decir yo eso el se recostó contra el lecho, inclinado para quedar levemente alzado de cintura para arriba. En esa posición se apartó las ropas y apareció su miembro, también erecto. Se veía dura, suave, gruesa y grande, con un glande rosado que parecía algo brillante y del que ya surgían algunas incoloras gotitas. Yo, instintivamente me acerque y tendí mi mano a aquel miembro... Su piel, palpada primero sólo por las yemas de mis dedos y luego por toda mi mano, era en efecto tersa,..., note su mástil endurecerse entre mis dedos como si tuvieran éstos el poder de Medusa.

-Acércatela más-me dijo él-Al rostro, aspira de cerca su aroma, bésala, lámela, usa las manos como yo pero también la dulce boca.

Me asombró su petición. ¿De verdad me había pedido lo que me había pedido? Tragué saliva, mirando su erecto miembro entre mis manos mientras comenzaba, con suavidad, a devolverle el favor en otro masaje... La idea era morbosa y me atraía, pero tampoco estaba del todo convencido. ¿Y si lo intentaba y me repugnaba su textura o su sabor y, por no atreverme a decirlo, me veía obligado a algo desagradable? Yo había asumido que debía devolver cuanto menos lo mínimo que me había hecho, pero, ¿ir más allá y precisamente de esa manera? Tenía algunas duras. Él pareció leer en mí mis dudas:

-Ve poco a poco y, sí ves que algo te desagrada, sencillamente déjalo sin más, pero no así, sin probar.

Yo decidí hacerlo así, acercándome poco a poco... Me tumbe sobre el lecho, quedando entre sus piernas y sobre su endurecida espada... Mientras seguía acariciándola con suavidad me fui acercando y en breve su punta estaba casi rozando mi nariz... Su olor era algo fuerte, intenso, morboso... La moví lo suficiente para que su extremo me rozara y noté el calor de su carne y la primera humedad... Me gustó. Eso me encendió y me dio ánimos para ir más allá.

Su glande, movido por mi mano, descendió y así lo tuve al poco justo frente a mis labios. Poco a poco me fui acercando y éstos se posaron sobre su rosada carne... Él en este momento me acariciaba suavemente la cabeza, sin presionarme, y yo estuve unos breves segundos detenidos en esa postura. Después, entre mis labios cruzó mi lengua y entró en contacto con su punta... Su sabor era como su olor, quizá algo más dulce, y, sobre todo, muy excitante.

Abrí los labios entonces y mi lengua salió menos tímidamente para comenzar a lamer la cabeza del falo de mi amante. Encontré exquisito el sabor y no tarde en querer conocer y recorrer todo su espolón con mi lengua. Primero sólo el glande, pero al poco iba subiendo y bajando a lo largo de aquel erguido tronco, lamiendo y ensalivando desde la frondosa copa hasta las raíces, esos dos velludos testículos que me esperan al fondo y que no dude en introducir por completo en mi boca... Me encantaba la sensación de tenerla llena, ya cuando me metía uno de sus óvolos, ya cuando era su erguido miembro lo que me introducía. Había empezado haciéndolo demasiado rápido, pero él me fue guiando y enseñando como debía hacerlo.

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Era realmente fantástico. Me encontraba totalmente a gusto, caliente y excitado estando entre sus piernas y gozando del sabor de su falo en mi boca, recorriéndolo con la lengua y metiéndomela hasta la garganta. Desde luego él también lo estaba pasando bien, cerrando igual que yo antes los ojos y ahora sí manteniendo levemente sujeta mi cabeza, al menos lo bastante para que no me la pudiera sacar.

Yo estaba dispuesto, e incluso deseoso de continuar, pero en ese momento, él me la sacó de la boca. No entendía porque, pero él de repente se giró y, poniendo los pies en el suelo, se levantó junto al lecho. Yo, con las ganas de seguir teniendo aquella rica cosa en mi boca de de nuevo, no entendía por qué me la había quitado. Pero él se volvió hacia mí, tocándosela suavemente y me preguntó:

-Muy bien, mi joven amado, ¿quieres afrontar la lección final?

-¡Sí!

-Túmbate así, justo donde estás ahora, pero boca arriba-me indicó.

Yo lo hice, sin saber del todo lo que podía pretender ni querer imaginarlo... Mejor que fuera una sorpresa, me dije... Y él, poniéndose ante mí, lo que hizo primero fue coger mis piernas por los tobillos y alzarlas, poniéndose de forma que éstos descansaban sobre sus hombros. Yo estaba expectante, sin poder saber bien lo que pretendía, pero por los rumores que a veces había oído, creía imaginarlo...

Entonces hizo algo que no me esperaba. Se llevó uno de los dedos a la boca y lo lamió meticulosamente, dándole abundante saliva... Yo no sabía para que hacía eso pero pronto, muy pronto iba a descubrirlo... Bajó su mano y la sentí en mi culo... Su dedo exploró entre mis carnes y llegó a mi recóndito agujero... Lo note en mi entrada, presionando y, poco a poco, entrando en el canal... ¡Oh! Sentí agudamente la primera irrupción en mi culo... Algo molesto, pero excitante.

Y mientras su primer dedo daba apertura a esa secreta vía, el ajustó su pene entre mis muslos y, cerrando el espacio entre ellos, comenzó a moverse... Notaba su erecto miembro frotarse entre mis piernas, duro, caliente y cada vez más rápido. A la par que hacía eso, su dedo también profundizó más y también fue su mano más rápida... Al poco eran dos y tres los dedos que en mis cavidades se colaban como bienvenidos intrusos... Era algo molesto pero placentero al mismo tiempo. Yo me estaba preguntando en que acabaría todo aquello cuando parece que ya me encontró lo suficientemente preparado:

-Bien-dijo-Ya estás listo, mi querido y bello amigo, para lo mejor de todo.

Dicho esto volvió a colocarse mis tobillos en sus hombros y, agachándose un tanto más de lo que estaba, dirigió la punta de su pene hacia mi culito, algo abierto por el manoseo de sus dedos...

Noté la punta caliente y dura de su espolón entrar entre mis carnes y apoyarse en mi agujero... Lo sentí detenerse ante la pequeñez de la entrada para acto seguido presionar y presionar... Era como una estaca que quisiera clavarse en tierra sólo con su propia fuerza... ¡Oh! Fue doloroso cuando mis carnes, como roca vencida, empezaron a ceder a la pretensión del sofista y su miembro, duro y terrible como el hierro, poco a poco logró ir entrando en mí, abrirme, poseerme...

Unos gemidos de dolor, incontenibles pero por fortuna leves, no le impidieron continuar su tarea a pesar de que yo debía ya casi apretar los dientes para no gritar y las lágrimas amenazaban con acudir a mis ojos... ¿Esto era lo mejor de todo? Me estaba penetrado como si fuera una mujer... Notaba su verga entrar, avanzando entre mis carnes dura y terriblemente. No pude evitar dirigir mi mano hacia el lugar en que ocurría para intentar saber cuánto quedaba de semejante mástil fuera... Todavía note al menos la mitad de semejante lanza fuera... Creí que de seguir me empalaría por completo, rompiéndome en dos... Tal era el increíble malestar que me llenaba por dentro... Pero todo eso no era nada, o más bien, quedó como nada cuando de un sólo empujón me introdujo el resto de su inmenso cálamo... ¡Ah! ¡Por los Dioses!

Él cayó entonces sobre mí, tumbado, su cuerpo sobre el mío y su mascarón sin dejar de ensartarme con fiereza, hundido en su totalidad entre mis entrañas... Aprovechó el la postura para volver a besarme... Sus labios volvieron sobre los míos y yo, aunque dolorido, volví a dejarme, al tiempo que también lamía y recorría mi cuello y mis mejillas...

Y, poco a poco, la cosa se fue aliviando... El dolor provocado por la sodomización fue remitiendo hasta dejar paso a una nueva sensación... Primero era un calor interior, la notaba ahora firme y dura en mi interior... Luego una idea de plenitud, de estar lleno... Y finalmente un morboso y alucinante placer... ¡Oh! No podía creerlo... ¿Lo que primero me había hecho casi gritar de dolor ahora me iba a dar placer?

Él pareció leer en mi rostro el cambio, pues fue entonces cuando comenzó a moverse sobre mí... Su cuerpo, cálido, tan masculino, sudoroso, avanzaba y retrocedía sobre mí mientras su mástil profundizaba y retrocedía en mi interior... No pude evitarlo y comencé a gemir suavemente, sobre todo cuando él llevó mi mano a mi propio pene y, primero guiándome y luego dejándome sólo, me hizo masturbarme...

¡Por el dulce Eros! Que excitante y exquisito fue ese momento culmen: Él sobre mí, poseyéndome al entrar y salir de mí con su vigoroso miembro y yo, debajo de él, acariciándome el mío... Siguió besándome y mientras, fue apartando mi ropa para dejar mi vientre desnudo, que su mano comenzó a acariciar suave y tiernamente... Uno de sus dedos exploró mi ombligo...

Y, al rato, tras un momento que a mí me pareció en exceso corto de extraordinario placer, de pronto él comenzó a gemir más intensamente... Y, de repente, nuevamente sin avisar de lo que iba a hacer, jadeante me la sacó y, avanzando sobre mí, se colocó sobre mi pecho y apuntó su pene hacia mi boca. Yo iba a alzar la cabeza para comenzar de nuevo a lamerla pero no me dio tiempo. Antes él ya me la había cogido y lo había hecho por mí. Su pene ahora estaba más caliente y duro que antes. Volví en cualquier caso a lamer aquella verga sin dejar de acariciar cada vez más rápido la mía...

Y al poco, con un suave pero reconocible gemido, él también llegó a su punto más culminante, al canto de cisne, y su erecta rama comenzó a regar mi boca con su espeso, cálido y dulce fruto... Sentí mi boca llenarse plenamente según su verga se estremeció y fue lanzando sus borbotones de néctar, que yo fui saboreando lentamente... Durante todo ese proceso él me miraba a los ojos y me acariciaba casi paternalmente el cabello... Era tan excitante que aún no había él terminado de vaciarse en mi boca cuando yo llegué a mi segundo momento y me derramé encima de mi vientre desnudo... ¡Oh!

Tardé todavía un rato en ir tragando todo lo que había expulsado... Su semilla era blanquecina, pegajosa... Entre ácida y dulce... Gelatinosa... Y cuando terminé de beber lo que había dejado en mi boca y me había relamido dientes y labios, él aun me hizo volver a lamerle el pene hasta dejárselo limpio... Cosa que hice encantado...

-Y así es-me dijo entonces sin dejar de mirarme y acariciándome ahora la mejilla-Mi bello Aristócrates, como el amante debe expresar su amor por el amado y como éste debe corresponderle.

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